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Encinares. La Encina o Carrasca ocupaba en teoría
la mayor parte del término hasta unos 1.600 metros de altura, bajo
condiciones de humedad y temperatura muy diferentes. Hoy día los
encinares sólo se localizan en las áreas de sierra. Los
encinares han retrocedido mucho debido a la expansión agrícola
y al uso de su madera como combustible. Aunque aún son frecuentes,
se hallan en diversos grados de conservación siendo comunes las
etapas de degradación del bosque, algunas de las cuales evolucionan
de nuevo hacia un encinar maduro si no hay factores que lo impidan. Grandes
superficies que fueron desforestadas están hoy ocupadas por Pino
Carrasco, introducido en repoblaciones forestales. Encinares
bien conservados se ven, entre otros lugares, en los alrededores de la
Fuente de Montilla y las laderas de Sierra Seca y Guillimona.
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El resto de la flora de este bosque varía mucho según estos
gradientes, pero podemos citar el Enebro de Miera, Majoleto, Cornicabra,
Rubia, Torvizco, Esparraguera, Peonía, etc.
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Enebro de Miera |
La tala del arbolado provoca el aumento de especies arbustivas que pueden
llegar a dominar como la Retama, Esparto, Aulaga, Tomillo, Coscoja,
etc. De la Coscoja podríamos decir que se trata de un arbusto o
pequeño árbol de hojas persistentes, que puede alcanzar
hasta 10 m de altura, aunque suele aparecer en forma de mata. Su fruto
son belllotas aisladas o en parejas, esféricas u ovoideas, de color
castaño en la madurez.
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Bosques caducifolios. Los árboles de hoja caduca necesitan
una humedad alta que no desaparezca durante el verano, pues no soportan
-a diferencia de la encina- un período estival seco. Debieron
formar bosques pero hoy sólo quedan muestras puntuales mezcladas
con otras comunidades vegetales, como ocurre en barrancos y umbrías
de Sierra Seca y Guillimona. El Quejido o Roble, árbol
mayoritario de este bosque, ha sido intensamente talado desde los lustros
por su buena madera. También aparecen el Arce, Mostajo, Agracejo,
Heléboro, Laureolo, Escaramujo, Boj, etc.
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El Quejido o Roble, árbol mayoritario de este bosque, ha
sido intensamente talado desde los lustros por su buena madera. También
aparecen el Arce, Mostajo, Agracejo, Heléboro, Laureolo, Escaramujo,
Boj, etc.
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Pinares autóctonos. Ocupan las cumbres
de Sierra Seca, La Sagra y Guillimona, bajo inviernos fríos
y húmedos y veranos calurosos y secos, a partir de 1.600-1.700
metros. Domina el Pino Laricio
o Salgareño, acompañado por el Enebro,
Sabina Rastrera, Cerezo Rastrero, Agracejo, Madreselva, etc. El
Pino Laricio ocupa también zonas más bajas de las señaladas,
al colonizar áreas antaño cubiertas por otros árboles
y que fueron desforestadas.
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Sobre sustratos rocosos aparecen los Piornos, especiales de poca altura,
semiesféricas y espinosas como el Piorno de Crucecitas, Piorno
Azul, Rascaculo, etc. Estas comunidades parecen encontrase en buen
estado. La mayorían viven en zonas secas y rocosas en un amplio
margen de altitud, desde los 1.500 m hasta las máximas cotas.
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Vegetación ligada a cauces fluviales. Esta vegetación
precisa agua abundante en el suelo y forma arboledas a orillas de ríos
y arroyos. Se ven muestras junto a los ríos
Guardal, Raigadas y Barbata. Son comunes la Mimbrera, Álamo,
Chopo, Fresno, Olmo, entre los que habitan la Zarza, Madreselva, Salicaria,
Trébol, etc. Esta vegetación es importante para reducir
la erosión en las orillas de los cauces. Mencionar también
las sorprendentes muestras de flora
helada, que son capaces de aguantar temperaturas bajo cero y que encontramos
en las zonas altas de la sierra.
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Vegetación rupícola. En casi todas las sierras oscenses
son frecuentes las paredes rocosas. En ellas se refugia una interesante
flora de pequeño tamaño que coloniza los escasos suelos
entre las grietas. Son frecuentes la Doradilla, Ombligo de Venus, Campanilla
de Roca, Siempreniña, Hierba de las Piedras, Hierba de San Roberto,
etc. Los roquedos mantienen especies raras o muy locales; buen ejemplo
es Sarcocapnos integrifolia
y baetica, cuya distribución mundial se restringe a la Sagra,
Guillimona y Sierra Mágina.
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